“Cuentos Colorados” es una maleta con varias horas de historias. Según dónde se abre salen unas u otras. Por eso “Cuentos Colorados” va creciendo poco a poco. Si se mira muy fijamente puede verse como, al cabo de varias semanas, el asa se hace cada vez más pequeña. Es un efecto óptico, ya que lo que crece es el resto de la maleta.

Es una maleta llena de juegos de palabras, de bolas, de cachivaches inútiles y de retahílas de retahílas. Y los jugadores son las orejas que estén enfrente con sus bocas correspondientes, las bolas, los otros cachivaches, Oswaldo y la propia maleta, que en un acto de desprendimiento de identidad pasa a meter asa en el asunto.

En el lapso de tiempo en el que la maleta está abierta pueden verse volar palabras, que suelen terminar en las manos del cuentista. Las bolas dibujan personajes y acciones. Alguna de ellas tiene predilección por los verbos irregulares y otras tienen el don de saben piar.

En realidad, si es que la realidad existe, no importa mucho lo que se cuenta, sino cómo se juega. Alguna vez los dueños de las orejas no juegan, pero ven cómo el juglar sí juega.

El espectáculo pretende ser una provocación para que al oyente le entren ganas de beberse un texto, una adivinanza, un trabalenguas o un límerick y de que se invente un juego con él y, claro está, luego se lo cuente a alguien. Son propuestas para crear, recrear y jugar.
 
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